No quería oír ni una palabra de tales calumnias ni siquiera de su boca exquisita. ¿De qué huía así: de la verdad o de la mentira? No lo sé. Lo único que tenía importancia ya era el amor que acababa de nacer en mi corazón y en el suyo. Cuando se levantó para despedirse de mí, había inquietud en sus ojos. Mi precipitada marcha la había ofuscado un poco. Tuvo que sobreponerse a su timidez para decirme:
-¿Volveremos a vernos alguna vez?
- Hasta el fin de mi vida.
Rocé sus labios con los míos. Su mirada estaba de nuevo ofuscada, pero por la felicidad y el vértigo de la esperanza.

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