miércoles, 13 de julio de 2011
Cuando despertó, estaba encerrado en una alta torre. Le habían quitado la espada y lo habían despojado de sus herramientas: no tenía ni la llave, ni la moneda ni la vela. Pero no creáis que era lo peor... ¡porque las lámparas de la pared ardían con llamas azules!
Tenía que huir, pero cuando miró alrededor vio que en su celda no había puerta. Ni ventanas. Lo único que había era piedra lisa y dura. Una celda de la que nadie había escapado jamás.
Pero conocía el nombre de todas las cosas, y todas las cosas estaban a sus órdenes. Le dijo a la piedra '¡Rómpete!', y la piedra se rompió. La pared se partió como una hoja de papel, y por esa brecha vio el cielo y respiró el dulce aire primaveral. Se acercó al borde, miró hacia abajo y, sin pensárselo dos veces, se lanzó al vacío...
Se precipitó, pero no perdió la esperanza. Porque conocía el nombre del viento, y el viento le obedeció. Le habló al viento, y éste lo meció y lo acarició. Lo bajó hasta el suelo suavemente, y lo posó de pie con la dulzura del beso de una madre.
Y cuando llegó al suelo y se tocó el costado, donde lo habían apuñalado, vio que no tenía más que un rasguño. Quizá fuera cuestión de suerte, o quizá tuviera algo que ver con el amuleto que llevaba debajo de la camisa.
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