sábado, 26 de febrero de 2011

Lo sabía.





16 segundos.
Muy poco tiempo realmente, pero para ella el suficiente. El suficiente tiempo como para poder oír su respiración, poder recordar aquella peculiar manera de inspirar y espirar. Tan suave...
A esas alturas se conformaba con poco, sí, con muy poco. Pero había aprendido que las pequeñas cosas son las que más dicen sobre alguien. Son las que te muestran la verdadera identidad, el ser.
16 segundos que se le habían hecho eternos. Hubiera podido articular palabra, pero no lo hizo. Era un momento perfecto, nadie iba a arrebatarle ese instante, ese suspiro.
Pero también pudo darse cuenta de que aquello no estaba bien. No podía estar toda la vida martirizándose con aquello. No. Le veneraba, no sabía hasta que punto. Al fin y al cabo, era lo más justo; él la había venerado a ella durante mucho tiempo. Ahora era al contrario, pero esto ya sobrepasaba los límites de la realidad.
Ella no quería tenerle, no. Sabía que eso ya no estaba a su alcance. Tan sólo disfrutaba con pequeños detalles, como oírle respirar, poder sentir su presencia, imaginarle, soñarle... respirar su aroma.
Cosas que quizás fueran estúpidas, ella era consciente. Pero qué le iba a hacer, no podía evitarlo.

Sabía que cada brazada más que diera, sería otra brazada en sentido contrario, hacia la orilla.

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